La vida se pone rara.
No estás para recibirme feliz,
para pasear después de la una sobre esta calle por donde no pasa nadie,
para mirarme antes de cruzar,
para tentar con tus olores al gran perro de caza ciego, para hablar con él.
Rara se pone la vida, otra vez.
Tu cabezota no choca más con la mía,
no puedo molestarte cuando estás tranquila ni incitarte a jugar, ni alzarte.
Soñarte puedo, nada más.
En el sueño andamos juntos, y aparentemente, no se muere.